27 de enero de 2011

EL DUELO

Dicen que nada es para siempre, que todo lo que sube tiene que bajar. Es parte de la vida, muchas cosas terminan, hay rupturas, muertes, términos de ciclos, crecimientos, entre muchos otros finales. Durante el ciclo vital son inminentes los cambios, tanto personales como en términos de relaciones, pero hay un momento en la vida en el que se aspira a la tranquilidad, estabilidad y permanencia. Cuesta años encontrar una identidad, un círculo social acorde a nuestras necesidades, el construir una vida para comenzar a disfrutarla y vivirla.
A veces somos nosotros los que decidimos cambiar, terminar un proceso o ponerle fin a una situación. A veces porque no te interesa más la anterior, porque has encontrado algo mejor, porque te está haciendo mal o porque no hay otra salida. Otras veces vas caminando y te encuentras con un fin que no esperabas o deseabas, son puertas que se cierran y te ves obligado a seguir por otro lado. Son infinitas las posibilidades y combinaciones. Pero ¿qué se hace luego de un final?
Hablo de un término real porque, dados los caminos de la vida, muchas crisis pueden aparentar ser la verdadera terminación, pero depende de la voluntad y las circunstancias para que ésta se concrete. Y en ese caso ¿por dónde seguir?
Personalmente, cuando se tratan de cambios que involucran sólo a uno como persona no necesito un duelo para terminar y agotar el período anterior. Este rito sólo aparece cuando desaparece alguien valioso en mi vida, se rompe un vínculo o me cierran el acceso a un camino que quería recorrer. El fallecimiento de alguien es el caso más común para realizar un duelo, no así cuando desaparece una persona por su propia voluntad o por un alejamiento que se ejerce desde ti.
A veces he creído que si no lloro por acontecimientos tan terrible como los anteriores, no podré superar el suceso. Y claro, he ido por la vida sin sentir la necesidad de darle un duelo por la simple convicción de que todo está claro y resuelto. Tal vez las lágrimas y el dolor llegan cuando no sabes la razón del final, pero cuando tienes todas las cartas sobre la mesa y más aún, cuando eres tú quien pone el punto final o tienes razones para ello, todo lo que sigue es esperado de manera serena.
Es natural cuestionarse, y cada proceso es diferente. Pero para mí llorar o vivir un duelo es señal de terminar y poder seguir adelante. Recuerdo hace unos años que me pegué un llanto a lo Diane Keaton en Alguien tiene que ceder  cuando estuve dos días sola en mi casa, y luego me fui a la playa… no hay ritual de término más memorable y efectivo que aquel, y pucha que he seguido adelante desde aquella vez. Les dejo notable escena, versión película por supuesto.



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